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The Palta Diaries - Día 6

De los siete mil millones de personas que vivimos en este planeta, unos mil van del lugar en el que viven a otro lado. Es decir, son turistas. Supongo que serán los mil millones de los siete mil millones que pueden pagarlo. Si somos tantos, ¿por qué hacemos lo imposible, a donde sea que vayamos, para no parecerlo? ¿Ser turista da vergüenza? ¿Es una enfermedad? ¿Contagia? ¿Un turista es una persona sin identidad, como Tom Hanks en esa película en la que hace de Tom Hanks en un aeropuerto? Si a Roma fueras, hacete pasar por romano, no sea cosa de que se den cuenta de que sos porteño, pensaba, mientras tomábamos el subte hacia el Retiro santiagueño para visitar Valparaíso y Viña del Mar. Llegando a las escaleras nos asalta una promotora y nos ofrece un paquete. Null pointer excepcion. No nos podemos resistir porque estamos cansados, no tenemos auto, no conocemos nuestros destinos y no tenemos quien nos acompañe. Y porque somos turistas. Pagamos, nos subimos a un micro y viajamos. El placer de la ruta abierta. En el camino empiezo a escribir esto.

Valparaíso es colorido como una favela, como La Boca, como un cuadro de Kandinski, pero hoy está gris y terrible y húmedo como un lunes en Buenos Aires. Subimos a una combi repleta de turistas y conducida por un chileno antiplanar simpático que hace de guía turístico. Visitamos la plaza central de Valpo -nada, un kiosco atendido por un gato anaranjado-, la municipalidad -más nada-, una feria de artesanos -no comment- y la casa de Neruda -nada, cerrada porque es lunes. Las subiditas y las pagodas y los rieles, todo muy pintoresco. Pero nada. “Transantiago al pasó… aquí está. Con-tudá. EL PODER DE DIOS. ¡Te estoy llamando! ¿Hasta cuándo? Cristo viene! Si estás triste, en Dios encontrarás consuelo”. Tal es el cartel de la panchería donde comemos el enésimo completo italiano. Tenemos tanta palta encima que ya meamos verde. Volvemos corriendo al micro.

"Estas son las casas que valen millones de dólares y donde viven los políticos, los artistas y los guías turísticos", dice el chofer. Su salario está basado en propinas y las propinas se basan en su simpatía, así que lo perdonamos. Toda sociedad latinoamericana mira a Miami como si fuera su Norte, que lo es. Entonces Argentina tiene Pinamar/Cariló, Uruguay tiene Punta del Este y Chile tiene Viña del Mar. Mucha casa de no-tan-nuevo-rico, lo de siempre. Al mar no te podés meter mucho porque es una trampa mortal, nos advierten. Paramos a comer en la zona cheta, pero como somos dos gordos de mierda y ya comimos, bajamos un sushi rápido. Más palta. Vamos a la playa y miramos al mar. "Pará que te saco una foto", me dice Gonzalo. "Sacate el pucho de la boca, qué te hacés el Borges", completa. Reímos. Volvemos al micro. Más Miami. Encaramos para lo que sería la parte céntrica. Quinta Vergara. El anfiteatro que alberga al Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. "El monstruo", como le llaman al público. "Acá la silbaron a Chucha", dice el guía. Habla de Xuxa. No entiendo cómo pueden ser tan exigentes, pobre Chucha, qué maleducados. Fumamos, charlamos, miramos vidrieras, pasamos el tiempo. Atardece y volvemos a la terminal. Ni bien pasamos un peaje, en el camino de regreso, el micro se queda. Tercer mundo. A los cinco minutos llega otro y seguimos. Primer mundo. Anochece. Volvemos al hostel, bebemos y empiezo a armar el bolso. Porque soy turista y mañana me vuelvo.